Dedicado a Periquita y a los niños que conozco y a los que no.
Y a la nena insistente.
Y a todos nosotros también.
El niño desconocido tiene sed.
En la casa de al lado, un albañil trabaja afanosamente desde hace unos días. Ignoro que es lo que hace, pero debe ser un trabajo duro porque ya le ha tomado muchas horas de varias jornadas y sobretodo, porque debe hacerlo bajo el implacable sol de Mayo que en la ciudad es algo así como el frío de invierno en Moscú.
Cuando hace unos días las autoridades decidieron suspender las clases de todos los niveles en todas las escuelas del país debido a la exponencial propagación de la fiebre porcina, muchas cosas se fueron al caño: exámenes programados, proyectos a medio concluir, excursiones largamente planeadas, pero más importante resultó la pérdida de la celebración del día del niño.
Y esto no es un hecho banal ni insignificante. Diría yo que celebrar el día del niño es celebrarnos a todos, y aunque no quisiera restar importancia a otras causas, celebrar al niño es prioridad sobre celebrar independencias, mujeres, goles, derechos humanos y demás. Y si lo digo así, es por la sencilla razón que todos somos y/o fuimos niños en algún punto. Y no todos tenemos independencia, no todos somos mujeres, ni metemos goles ni gozamos de plenos derechos humanos, etcétera.
El día del niño es importante, y por eso debemos celebrarlo. Imagina qué tan diferente pudo haber sido el mundo si a ese Adolf H. malvado le hubiesen dado cariño y amor al menos un día al año en sus tiempos infantiles. Hay pocas sonrisas tan sinceras hoy en día que saber que los niños acaparan muchas de ellas resulta todo un alivio salvador.
Les decía del albañil que trabaja al lado de mi casa. Hoy noté que traía un ayudante, un niño sano y resuelto, algo confundido por no saber su lugar en todo este embrollo de adultos, quien lo ayuda de sol a sol. Probablemente el campeón - que anda en sus 8 ó 9 años - preferiría estar jugando fútbol con sus amigos, o molestando a los otros en la escuela, o viendo fijamente la nuca de la niña que le gusta desde su pupitre, o pintando historias increibles en las hojas de cuaderno que sirven para crear, crear y crear.
Pero nuestro campeón está trabajando, porque a papá le dijeron que tenían que cerrar la escuela y ahora no hay nadie que lo cuide en casa. Seguramente mamá también está trabajando y le resulta imposible llevarlo con él. Así que ayudar a papá con el trabajo en el techo de una casa un Jueves 30 de Abril fue su destino muy particular.
Yo lo saludo y le regalo agua como para dos horas. Espero me pida más. Regreso adentro de la casa y casi espero encontrarme dulces y juguetes como para decirle "¡mira lo que encontré!" e invitarlo a jugar - con el permiso de papá - y así al menos darle un día del niño decente a alguien en medio de una pandemia. Pero no hay dulces, ni tengo juguetes. Dudo que platicar con él del último libro de Alvin Toffler o sugerirle ver la mejor temporada de los Soprano le emocione.
Perdí la membresía del club de niños hace años, pero por todo lo que esa organización, esa edad, y esos recuerdos me dejaron, debo contribuir a que sus nuevos miembros se sientan igual o mejor que yo durante su experiencia en el mejor club al cual cualquier persona pertenece alguna vez: la niñez.
Y tendré más dulces y recuperaré algunos juguetes. Solo por si acaso.
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jueves, 30 de abril de 2009
lunes, 13 de abril de 2009
Nena insistente
por:
Aaron Benitez
Saludar a alguien que no conoces para darte cuenta que el saludo de esa persona no iba dirigido a tu humanidad sino a alguien detrás de ti es una vergüenza común compartida por probablemente cada uno de los habitantes de este planeta. Después de ocurrir una treintena de ocasiones aprendes y te vuelves más cauto con tus saludos, volteas y te cercioras que efectivamente eres el individuo al cual el saludo busca.
O al menos es lo que he aprendido después de mil resbalones sociales.
El problema con volverte precavido es que entonces tiendes a ser muy precavido. Ahora te ahorras saludos y gestos y quedas como el mal amigo que ni siquiera volteó los ojos para reconocer a alguna amistad equis en la calle. Es un dilema: quedar como el tonto que saluda a todos sin ser requerido, o quedar como el maldito rompecorazones de pollo que no desea socializar con nadie. Hay que bailar entre ambos extremos para ir sobreviviendo a la marea de compromisos.
Hace unos días, y esto sí es una historia real, me encontraba sólo dentro del área de fumar de un restaurante bar. Cosa rara pero pedí vodkatonics y disfrutaba de mi cigarro en lo que hacía tiempo para la amena compañía. El lugar estaba atestado de familias vacacionistas que lejos de irse a meter a un lugar típico, optaban por abarrotar una cadena restaurantera que igual podían visitar en sus lugares de origen. Veía la televisión a falta de ponerme a tontear con el celular como chamaquito ansioso.
Tap tap.
La ventana del restaurante bar que dividía el mundo de los borrachos fumadores de las familias cubría todo, desde el piso hasta el techo, desde China hasta la Antartida. Volteé y un lindo pedacito de gente con cabello no muy largo, blusita color azul cielo y sonrisa pícara me observaba con curiosidad. Volteé hacia el televisor intentando mantenerme interesado en la vida a fondo de una escudería de fórmula 1 que ...
Tap tap.
Y ahí seguía, paradita, sonríendo y mirándome. Volteé sobre el sentido de su visión para descubrir a algún familiar jugando con ella a la distancia; era lo más lógico: alguien haciéndole gestos y yo estorbando con mis kilos en medio de ellos dos.
Pero no, no había nadie. Lo comprobé como ene veces.
Tap tap.
Le sonreí y se alegró. Envidié tener su edad (tres o cuatro años) y poder alegrarme que un extraño me sonriera. Levanté la mano y la saludé discretamente. Me saludó y se fue corriendo a la lejana mesa de mamá, papá, y compañía. Era una mesa tan lejana que realmente no podía ver dónde estaban ubicados desde mi posición. Es una distancia alcanzable facilmente con un lanzamiento al jardín central desde home.
¿Otro Vodkatonic, señor? ¡Sí! qué caray.
Tap tap.
La niña insistente regresaba a saludarme de nueva cuenta. Me sonreia, agitaba su manita y yo hacía lo mismo con mi manota unas cinco veces de tamaño más grande que la suya. De alguna manera un resorte interno le apretaba, la hacía brincar, se despedía de nuestra muda plática y se iba corriendo como quien no tiene miedo de romper algunas platos y causar molestias a otros comensales.
Sorbí plácidamene mi tercer vodkatonic - mi límite - y seguí mirando la televisión. Mucho había cambiado porque ahora yo quería seguir jugando con la niña traviesa de los saludos. Veía la pantalla pero cada cinco segundos giraba mi cabeza para ver si ya estaba parada en la ventanota. Escuchaba mentalmente tap taps que no ocurrían en realidad e intentaba buscarla allá en la lejanía de la zona de home run.
Ya nunca regresó. De entre tanto agitar la mano no supe distinguir cuales habían sido bienvenidas y cuáles despedidas.
Pasa.
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