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miércoles, 31 de diciembre de 2008

Razones para extrañar a los doce de atrás

Descubrí quiénes son mis verdaderos amigos. Y descubrí por qué lo son. Y descubrí que lo son todo el tiempo, bajo lluvia, café, whisky, apuros, cumpleaños, nacimientos, bodas y comentarios. Descubrí quiénes me consideran igual. Y de tanto descubrirnos, seguimos brindando. Me dí cuenta que tener la razón no tiene caso, si no tienes con quién compartirla. Si no sabes cómo transmitirla. Si no sabes que lo delicioso para esa situación consistía más en la equivocación breve que en la perdurable verdad. Mi corazón fue arriba, abajo, a un lado y luego al otro. Se pasmó. Se congeló. Se movió. Se agitó. Y cuando gritó lo hizo sin miedos. Y cuando calló, todo el mundo lo escuchó. Y si sigue latiendo, así seguirá. El trabajo fue mucho y la recompensa llegó pronto. El mundo logró mostrar rostros que prometen. Rostros que hacen llorar. Rostros que deseamos esculpir para que nos guíen bien. Porque ya en la recta final, la gente más extraordinaria del mundo me dijo las cosas que en otro punto de mi vida no me habrían servido. Las frases, consejos, recomendación e ideas llegaron con un timing perfecto. Y yo sigo digiriendo todo. Porque crecí y en ello sigo viendo al hombre que más admiro en el mundo al igual que la mujer que más amo y la chica que más procuro. Porque los vicios no se hicieron más fuertes, pero sí más variados. Y no todos fueron para mal. Brindo por el año que viene. Desde ya le agradezco al menos el intento por superar trescientos sesenta y seis días tan excepcionales.

sábado, 18 de octubre de 2008

Fin de semana en el bosque

La cabaña yacía en el lugar más indicado de cualquier bosque poblado por árboles impresionantes y especies tan exóticas que muchas no han tenido su momento de gloria en el Animal Channel aún. Ahí no había mucho que hacer más que sentrse a pensar, sentirse hormiga ante la inmensidad de las celestes montañas que rodeaban el lago del tamaño aproximado de algún pais balcánico y hacer al amor unas diez veces al día. Bueno, lo de hacer el amor unas diez veces al día en ese clima tan helado sonaba muy bien si tan sólo pudiera solucionar el detalle de no haber llevado a su novia consigo. Luego recordó que antes de lamentar la cuestión de su mujercita debía meditar y asimilar seriamente el inconveniente de no tener una, lo cual - siendo honestos - resultaba la semilla de toda la discusión en sí. Dos semanas atrás, cuando compraba los víveres para esta aventura de fin de semana en el supermercado más colosal de la ciudad, tropezó con una imagen que se fijó a su mente como una garrapata a un perro callejero. La mujer en sus tempranos cincuenta años contemplaba con expresión glacial los artículos de su carrito de compras. La rodeaba todo un ejército de compradores en el área de frutas y verduras, pero en realidad estaba tan sola como un presupuesto extra-limitado lo podía poner a uno. Ella hacía las matemáticas mentales necesarias para poner algo de jodido pan en la mesa y no morir en el intento. Y estaba sola en esa empresa. El la observaba a la distancia a la vez que escogía algunas papas y tomates ingenierizados pra lucir como top models del mundo vegetal. Pasó unos veinte minutos en esa sección hasta que la perdió de vista en la lejanía de las cajas registradoras no sin antes notar la cantidad de cosas que la mujer expulsó de su compra. Había tenido una batalla mental con el dinero y las necesidades alimenticias básicas, y para sobrevivir habían sido necesarias algunas bajas. Y así exactamente se sentía él. No perdía batallas por dinero, pero sí por felicidad. En las reuniones de fin de semana era el alma y - como aquel Garrick de Juan de Dios Peza - nadie conocía su secreto: la extrañaba, y mucho. Y si la señora del supermercado miraba, abstraída, su carrito de compras, él hacía lo mismo con su copa y su cigarro, hasta que alguien lo rescataba de su ensueño. Todo eso indicaba más claramente, al solaz del ruido del viento con las ramas, que había sido un estúpido por perderla. La cabaña se lo decía a cada momento que hacía sonar únicamente un par de pasos a la vez. El lago se lo decía también al reflejar un rostro agobiado sobre el agua cristalina. Incluso las montañas clamaban su estúpidez al dibujar el contorno perfilado del cuerpo de ella justo como cuando volteaba sobre su costado en la cama para platicar con él. Regresó pues a paso lento a la cabaña después de aburrise en su intento de lograr cuatro ondas seguidas sobre el lago con piedritas de formas y colores extraños. Hacía frío y le molestaba darse cuenta que debía ponerse la chaqueta de cazador que ella le ayudó a escoger. Decidió que no se iba a enojar por cada uno de los pequeños detalles que le recordaran a la personita en cuestión, porque hacerlo sería en vano y lo llevaría al borde del suicidio...pero es que hasta la puta cabaña la habían adquirido entre los dos. Si era una buena idea pasar ahora tiempo solo aquí en el bosque, estaba por verse. Sacó su navaja tipo MacGyver y peló un par de naranjas cuando notó las primeras gotas de una luvia que esperaba un poco más tarde. Se aseguró que la camioneta estaba sobre suelo firme y apenas azotó la portezuela del conductor el torrente inició su trabajo. Se resguardó rápidamente y se sentó en el falso sillón viejo de cuero adquirido en la tienda departamental donde igual compraba un iPod que un buen vino Rotschild. Abrió el libro que había traído consigo para por fin terminarlo y leyó durante un par de horas, luchando a ratos con la disracción mental de ella abrazando y besando a quien quiera que fuese ahora el siguiente. Cuando por fin logró concentrarse en los intricados de un asesino cosmopolita y asombroso amante del más fino concepto inventado alguna vez en Japón, el cansancio de sus ojos invitó al sueño a hacerse cargo del resto de su cuerpo. Y, para cerrar el día con justicia, soñó con ella. Dos días después, apestando a todo lo posible menos a ser humano, activó la doble tracción y presionó a fondo para comenzar la verdadera aventura: regresar a la cotidianidad sin morir de tristeza por ello.

martes, 30 de septiembre de 2008

Un día de septiembre

Era un parque enorme, cuadrado, vacío. Before the rain de Lee Oscar reverberaba en la vacuidad innata de mis sesos veinteañeros. Y yo era feliz. Me senté en una banca de piedra y miré a los árboles grandes, grandes, grandes. De alguna forma se habían puesto de acuerdo para habitar todo el lugar pero no rodearlo, no cercarlo, jamás ocultarlo. Era un tipo de árbol algo raro, no la típica especie citadina. Tenía un nombre de esos que logran describir todo, menos lo que deberían. Y por ello no me esforcé en memorizarlo. Decidí que era el momento perfecto para un cigarro. A ver niños, ¿por qué son importantes los árboles? A los diez años estaba enterado como cualquier mocoso que todo lo verde se suponía era bueno. Pero nadie se había tomado la molestia de decirme por qué. Un niño estúpido contestó: para purificar el aire maestra. Lo odié porque yo era el cerebrín, se suponía. - Para purificar el aire - repitió mi querida maestra a la vez que movió sus manos como finalizando un concierto imaginario delante de una audiencia de pipa y guante en el Carnegie Hall. "Bueno," - pensé - "si ellos tienen que purificar el aire y nadie anda contaminando por aquí, los pondré a trabajar." Y así fue. Ha sido el cigarro más largo, más delicioso y más solitario que alguna vez he disfrutado en posición seminarista sobre la piedra que resultó no ser banca en realidad. Las casas y calles que rodeaban al parque eran, por derecho propio, difusas y vagas. Sí. Te daban ser la impresión de un caserón elegante pero ya visto muchas veces en otros tantos lugares que por desgracia no contaban con un parque precioso como éste. Las hormigas siempre me han fascinado. De niño solía atraparlas en frascos y someterlas a torturas en pos del avance científico. Y como en cada rincón propicio para el aburrimiento, ahí estaban, salvándome. Me acomodé sobre la piedra y las ví andar con esa ruta caótica que sólo entenderíamos si fueramos ciegos y dependieramos de golpear nuestras antenas con otras hormigas para saber si estamos en la compañía correcta o nos hemos desviado de nuestra área de influencia. Generación MTV. Me digo y repito que no soy generación MTV. Pero todo me aburre a unos cuantos minutos. Adiós hormigas. De haber sabido que pasaría parte de una tarde en soledad en un parque como este, habría traído un libro. Cuentos cortos de Jorge Luis Borges, con muchos adjetivos, pocos personajes y cadencia latina. Pasarán años para que regrese a ese parque. Pero regresaré. Iré solo nuevamente y fumaré un cigarro, y entonces escribiré algo interesante rememorando un nuevo día de otro septiembre diferente.