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martes, 5 de mayo de 2009

Varios kilómetros al sur

Todo indicaba que sería un lugar peculiar desde el instante en que el hombre que portaba el chaleco estilo reportero, gafas, gorra, barba de diez días y modos de ex-presidiario resultaba ser la casa de cambio. La seguridad durante la transacción no era más alta que aquella que podría haber tenido al sacar mi cartera para comprar una revista en cualquier estanquillo en una megalopolis de más de 10 millones de habitantes. Aquí, con muchisimo menor número de personas, hacía calor. Los taxis eran feos. El vuelo había sido fatal. Dado lo anterior me enfilé hacia el hotel que, gracias a Dios, había sido pensado para los americanos que necesitan algo que les recuerde su hogar cuando andan tan perdidos por el mundo. Así pues todas las comodidades en las habitaciones estaban implicitas y garantizadas. Y si no, bastaba con llamar a recepción. Como buen amante de la alta tecnología en ese entonces me preocupé por mi conexión a internet. Apenas cerrar la puerta y dar una buena propina al botones - que no hizo mucho realmente - inicié conferencias por webcam, voz, texto, envié archivos. Al ver que el ancho de banda era respetable, procedí a la siempre aburrida tarea de desempacar una maleta que ya odiaba los cuartos de hotel. Abrí las cortinas ampliamente con ánimos de saltar después y descubrí que mi vista era tan deprimente como podría serlo desde cualquier otro punto de la ciudad. Me contenté en saber que no permanecería más tiempo del estrictamente necesario en este lugar. Apenas cuatro días, o algo así. Me presenté a mis anfitriones, platiqué banalmente por un buen rato en el lobby, fumé, pedí algo de tomar, y seguí conectado. Después tuve mi participación. Hablé de lo que tenía que hablar, hice lo que tenía que hacer, presenté lo que ellos tenían que ver. Las dos horas para las cuales me había tenido que desplazar más kilometros que los que alguna vez caminaría en mi vida pasaron rápido. Durante una de las dos o tres cenas a las que asistí en esos días con mis nuevos amigos temporales me dí cuenta que todos me miraban raro. No, no tenía lagañas, mi nariz estaba limpia, y no, tampoco había regado salsa o algún otro tipo de comida sobre mi barbilla. Resultó que era mi ser mexicano lo que les llamaba la atención. Yo era algo así como una atracción. Esta gente estaba tan infectada de Televisa y TV Azteca como nosotros de MTV y demás estupideces. Sabían mucho mejor que yo los nombres de los famosos de la tele y el calendario de partidos de la primera división de México. Me preguntaban sobre los candidatos presidenciales y tenían una fuerte opinión política favorable ya sea hacia el PAN, el PRI o el PRD. Jamás en su vida podrían votar como mexicanos, pero ganas no les faltaban. Cometí el catastrófico error de mencionar mi ciudad natal, y muchos ojos brillaron al asociarla automáticamente con una canción muy famosa de table-dance. Fui casi obligado a bailarla para gusto de todos. Apenas me salvó mi status de representante de la organización que me había enviado a la mentada ciudad perdida. Después de insistir gradualmente cada vez más firme como quinientas veces, se acordaron que yo era un invitado y que me debían tratar bien, y que eso incluía no hacerme lucir (tan) ridículo con mis torpes y casi nulas habilidades de baile. Uno de los chicos que se acercó a platicar conmigo mientras esperabamos el transporte que nos llevaría a un lugar perdido cerca del lado caribeño de ese pequeño país me contó su historia de amor con una mexicana radicada en la capital. Conocía - sin haber estado jamás - lugares emblemáticos que a mi tal vez me sonarían como la descripción de la Plaza Roja en Moscú o bien, el interior del palacio de la realeza noruega. Interesantes, pero no accesibles inmediatamente. En mi vuelo de regreso, me sentí contento de saber que mi país era apreciado tanto en el exterior. Pero me dí cuenta que si nos admiraban tanto era resultado más de nuestro bombardeo mediático e invasión de nuestros productos - e ideas - chatarra que por genuino interés en llevar nuestro estilo de vida y emular lo bueno que sea que tengamos. Resultabamos ser los gringos de los centroamericanos, que alguien con poca orientación geográfica-política podría confundir con estados muy sureños de nuestro país. Justo tal como a veces algunos se confunden y piensan que nosotros somos un patio trasero al que sólo hay que cuidar de vez en cuando.

domingo, 26 de abril de 2009

Cuernavaca y logaritmos

"Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora." - Jorge Luis Borges
Dedicado a MCA: "Cuando yo estuve en el ejército..."
La cámara de televisión grababa diligentemente todo el movimiento en la terminal. Yo sentía ser parte de una película de ciencia ficción de esas en las que el mundo está por acabarse. El hecho que centenares de personas estuvieran usando cubrebocas y decenas de soldados custodiaran el área ayudaba mucho al efecto dramático de mi film personal en la Ciudad de México. Mientras esperaba pacientemente en la fila del mostrador, cavilaba sobre cómo hacerme millonario vendiendo camisas al estilo "Yo sobreviví a la pandemia de la influenza porcina", pero estoy seguro que ella no me dejaría. Su justo reclamo por abandonar la urbe que en ese momento era el centro del universo mediático me resultaba exagerado, pero hay cosas contra las que uno no debe luchar. Hay que escoger bien las batallas. - El autobus más pronto a Cuernavaca, por favor. La linda cajera operó su computadora contemporánea del Atari y roboticamente me cobró los boletos. Posteriormente, como para resarcir su frialdad inicial, me regaló cuarenta y cinco segundos de su tiempo para indicarme cómo no morir en el intento de encontrar el andén correcto. Huimos y en cuestión de minutos desaparecieron los tapabocas que tan surrealistas nos hacían ver. Pero me estoy adelantando. Dejenme comenzar por el principio. Dicen que así siempre es mejor. Después de pasar seis días en Pachuca - ciudad niebla - el plan iniciaba. - ¿Cuál plan? Se paciente, inquieto lector. Ciudad de México. Comida en Reforma en uno de esos restaurantes de nombres impronunciables. Teatro. Hard Rock. Librerías. Piratería. Cansancio. Tal era el plan. Era. Ahora estoy escribiendo esto en la hermosa habitación del primer hotel boutique que uso en mi vida. Escucho claramente el aire jugar con las hojas de los frondosos árboles que enmarcan mi vista de fantasía . Si dejo de escribir un poco y giro mi cuello puedo ver mi envidiable terraza. Cien dólares la noche dan derecho a una terraza bonita y un baño que sería departamento en los estándares de nuestro querido tercer mundo. Estoy en Cuernavaca. El Hotel boutique La Casona Galerías es eso realmente: un caserón que un buen día alguien con visión comercial decidió transformar en hotel. Desde Enero de este año el concepto varió a hotel boutique donde se expone arte bastante digerible y no. Las exposiciones de Arturo Vázquez Navarrete, Rafael Alfaro y Leonardo Vázquez son agradables, lo menos, pero gastar - lo mínimo - setecientos dólares en una fotografía es algo que aún me rebasa. Por muy impactante y bien presentada que esté - y lo están - no es mi tiempo para volverme coleccionista viajero de arte local. Es por ello que saboreé las exhibiciones con lentitud, sabeedor que mis dieciocho horas en éste lugar daban tiempo suficiente pra ello. Si vienen a este hotel, pidan la habitación 11 y digan que yo los recomendé. Cuidado con el agua en la ducha porque al quererla caliente, sale casi hirviendo. Y lo opuesto para la fría. Pero antes de Cuernavaca y La Casona estuve en la Ciudad de México. Y no, no pude seguir el plan. ¿Y cuál es el caso de quedarse atrapado en una habitación de hotel en el Centro Histórico todo un fin de semana si las actividades han sido suspendidas y tienes que ir con cubrebocas patrocinados por el ejercito en las calles a todos lados? Así es: ninguno. Lo mismo pensé. Esa noche que permanecimos en la capital caminamos a todo lo largo de la calle Madero y notamos que la gente aquí parecía no haberse dado por enterada que el resto del país tenía en esos mismos instantes una paranoia propagada gratuitamente por los informadores al hablar de la influenza porcina cada, digamos, cinco putos segundos. Quedarse en el Tulip Inn Ritz no fue la mejor opción, pero en nuestra defensa puedo decir que el hotel luce mucho mejor en su sitio web. Algo así como una cita a ciegas donde primero recibes la foto del galán(a) en pose sexy y sin imperfección alguna. Está bien. Hay que venderse, pero ahora por engañarme han perdido a mis más de tres millones de lectores como potenciales huéspedes. Comer en un lujoso restaurante de Reforma se volvió Italianni's en la plaza junto al Sheraton Centro Histórico. Ir al Hard Rock Café se volvió disfrutar de una botella de Torres X en la habitación. El teatro se tornó en cambiar los nueve canales de televisión del cuarto y ver a la gente caminar tranquilamente desde mi ventana del quinto piso. La única parte del plan que sí cumplí fueron los libros y la piratería. No tuvimos que caminar más de setenta y nueve pasos para adquirir las últimas series perfecta - e ilegalmente - dispuestas para nosotros los hambrientos consumidores de historias devedéscas. Ya por último fuimos a mi librería favorita a catorce pasos del hotel y adquirí el fabuloso "Matemáticas simplificadas" que ignoro cuándo realmente voy a estudiar, pero que el sólo hecho de tenerlo me provoca emoción, como aquella experimentada al comprar otros textos académicos en la Universidad que me hacían pensar que efectivamente los dominaría. Uno se engaña a veces demasiado con la excusa de la juventud. Stop. Salto. Listo. Ahora estamos en Cuernavaca. Mientras ella exploraba el baño con una linterna y provisiones, yo salí a mi terraza - su baño, mi terraza - y comencé a leer mi nuevo libro. ¿Sabías que el logaritmo de base 10 no lo desarrolló Napier, sino un amigo suyo? Yo tampoco, y si a esas vamos, tampoco recordaba los mentados logaritmos por si mismos, aunque esto tal vez se deba a que nunca los aprendí. Mi invariable Camel's Natural Flavor y la refrescante naranjada mineral - pide una jarra, está muy buena - me hacían compañía y parecían disfrutar la lectura y la idílica vista simultáneamente igual que yo. Los minutos pasaron y aprendí todo lo que se debe aprender de los logaritmos para poder andar tranquilo por la vida. Y reflexioné en los raros lugares que uno escoge para aprender. Después de varias aspiraciones y mucho humo exhalado, caí en la cuenta que mi idea no era precisa: uno no escoge los lugares para aprender, son los lugares los que lo escogen a uno.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Un rostro duro

Las salas de espera en los aeropuertos tienen todas algo en común: desesperan, aburren y crean ansiedad. Es por ello que la gente compra revistas, busca el área de cafés más cercana, tontea con los souvenirs, y hasta contempla los aviones en tierra, que resulta ser una de las cosas más flemáticas que se pueden hacer. Es como observar detenidamente una pelota de fútbol por largo rato y darse cuenta que no da satisfacción. Para eso hay que verla rodar, volar. Sentado y sólo como estaba, opté por la enferma y estereotípica actitud de los chicos veinteañeros de sacar mi laptop y engancharme a la primera red Wi-Fi gratuita disponible. Esto en sí es todo un reto, porque si estás en un aeropuerto gigante de talla internacional encontrarás tantas opciones que el mismo hecho de lograr conectarte a una de manera adecuada es distracción suficiente para aligerar la carga del tiempo. Listo. Online. Ya saben. Lo típico. Conectarse al mensajero instántaneo. M. estaba en línea conectado - casualmente - en otra sala de aeropuerto grande, ruidoso y aburrido en Medio Oriente. Comencé a chatear con mi estimado amigo y así hubiese seguido tranquilo de la vida por un tiempo a no ser por esa sensación impalpable que recorre la piel cuando eres objeto no del deseo sino de la mirada fija de alguien a unos metros de tí. Era una anciana con maletas como para sobrevivir a un encierro de quince años después de una catástrofe nuclear. Estaba sola, y me miraba en la misma pose fría que una celadora nazi podría tener después de un cansado día atormentando prisioneros. La mujer de edad tenía el cabello largo, a media espalda, y blanco blanco blanco como los magos de los cuentos de Harry Potter y El Señor de los Anillos. Suelo sostener miradas para indicar que mi espíritu no es débil, pero a ésta mujer no le pude aguantar mucho tiempo. Por algún motivo, su mirada acusadora total me hacía sentir culpable. Realmente esto último de hacerme sentir culpable no era muy difícil de lograr. Estaba en Bogotá y ya había pasado tres revisiones - uno con unas agentes aduanales muy lindas y dos con militares hijos de puta - por lo cual mi equipaje y dignidad violadas se sentían muy prestas a confesar mi participación en una red internacional de mafiosos, aunque sólo fuese un invento para evitar la tortura. La mujer bien podría haber trabajado como cuarto puesto interno de control. Le iba a resultar fácil: te miraba, y si no contabas con la paz mental e inocencia de un niño de tres años, no ibas a poder sostener esa visión. Culpable inmediatamente entonces. Carcel y deportación. Intenté distraerme con M. indagando más de su entrenamiento en Egipto o un lugar así. Yo le decía que iba en transito hacia Panamá - creo - y que sería bueno reunirnos en Diciembre como siempre, etcétera, etcétera, etcétera. Pero no podía dejar de sentir la pinche mirada clavada en mi. La mujer me seguía viendo. Tal vez era ciega, y sólo tenía el rostro dirigido de forma que yo resultaba ser su vector personal. Quién sabe. Decidí atacar mirándola también, sin la misma intensidad - que no podré lograr hasta que tenga un look al estilo Gandalf - pero por breves instantes uno tras otro. Tenía facciones arrugadas, pero no discordantes. Los ojos eran pequeños, pero potentes. Boca pequeña, cabello largo como ya les decía. Si esto fuese uno de esos siglos oscuros, podría fácilmente haberme parado a gritar que era una bruja y la hubiese hecho quemar en la hoguera más cercana (dado que por acá incineran mucha droga, sería fácil encontrar una). Finalmente llegó la hora y me levanté. Cerré la laptop y caminé hacia el ritual de acomodarme sin pisar los pies a alguien dentro de una cabina diseñada para la máxima incomodidad de aquellos pobres diablos que no compramos boletos ejecutivos de primera clase. Saqué aquel grandioso celular que amaba e hice una llamada a mi contacto en la ciudad del gran canal que me costó lo mismo que cinco cervezas del Hard Rock Café para avisarle no recuerdo qué. Entre eso, y entretenerme escuchando conversaciones ajenas y hojear la revista de la aerolínea olvidé a la viejita. Pasaron los años hasta ayer, cuando salí de la oficina. No hay mucho que ver en las calles aledañas al edificio, así que ves lo que puedes. Justo pensaba en la necesidad de llamar a mi destino e invitarla a cenar cuando una convulsión casi hace presa en mi: ¡la viejita de Bogotá caminaba sobre la misma acera que yo y me veía fijamente! Caminé más lento. La miré de manera muy poco discreta rayando en la grosería de la descortesía social. No. No era ella. Pero carajo que sí se parecía mucho. Sus dos ojos también potentes la hacían parecer la misma mujer del rostro duro de unos tres años atrás. No era la misma, pero la dureza de sus facciones taladraron mi resistencia a su mirada. Dudo mucho que ésta versión local de mi miedo hecho rostro haya reído alguna vez en su vida. Qué triste, porque después de verla me dí cuenta que no me hacía sentir culpable ya en lo absoluto, y que por el contrario, su visión me hacía recordar buenos tiempos. Yo sí reí. Y luego contacté al destino.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Empaquetándote

Bien dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea. ¿Recuerdan aquella lista de deseos que publiqué hace unas semanas? 10) Presúmeme algún viaje. CONSEGUIDO. El viaje a Suecia. El viaje a Filipinas. El viaje a Guadalajara. El viaje a no sé dónde demonios. Fueron varios. Fueron buenos. Fueron relatos perfectos. Podrían tener su blog mis queridos. Pero entonces, me dejarían sin chamba. 9) Toma una foto. CONSEGUIDO. En mi cumpleaños. Con mi gente. En mi lugar. ¿Qué más pedir? Gracias al fotógrafo anónimo que nos logró capturar antes de los desvaríos.
(izq. - der. los de arriba: K13, MR, MM, AL, ML, LD, IR. Izq-der en la mesa: LS, MP, RV, el blogger, la amiga de AS con gorra blanca, GR y W.) a MC, A de OB y OB mismo los insertaremos digitalmente en una co-producción con Industrial Light & Magic. 8) Opina (o destroza) lo que escribo. CONSEGUIDO. Cortesía de K13. De nuevo: danke. 7) Preséntame gente inteligente. CONSEGUIDO. Fue un Mac Guy. Un render. Hablamos de viajes, lugares, Radiohead, la vida, etc. Saludos A. 6) Comparte una canción. CONSEGUIDO. Y la cantamos. Y no fue una. Fueron varias. Gracias OB, IR y compañía. 5) Habla de tu futuro con optimismo. CONSEGUIDO. MM, suerte con tu imperio. 4) Inspírame. CONSEGUIDO. RV y LD. Esa plática en la Cava me dejó mucho material. Gracias, pero ya no tomemos vodka ni tequila. Lo que es lo nuestro, por algo lo es. 3) Discute conmigo. CONSEGUIDO. IL. Porque tenías que ser foránea para hacerme notar en serio el lado obscuro de una ciudad que sólo piensa en fiesta. Tráeme unas tlayudas. 2) Dame un abrazo sincero. CONSEGUIDO. El grupo de gente más extraordinaria del planeta se encargó de eso. 1) Sorpréndeme.CONSEGUIDO. Cortesía de la honey-bunny.

domingo, 14 de diciembre de 2008

Confía en mi

Esa mujer con rostro inteligente y negra como el azabache - pero afroamericana en términos políticamente correctos - dirigió su atención inconfundible, sus palabras precisas y su acento de alta alcurnia y buena universidad a mi persona. ¿Y cuál es tu reporte? - escupió. Toda una mesa habitada de profesionales consumados del área me observaba. Yo sonreí apelando a mi actitud de chico buena onda algo desubicado por un largo viaje. El reporte de mi área es que todavía no hay reporte. Dado que soy nuevo en la posición, intento familiarizarme con los diferentes elementos blah blah blah ... - dije en tono entre de chamaquito pendejo haciéndose el gracioso (nadie rió) y de inculpado injustamente (nadie sintió pena). Ojos verdes, azules, negros, morados, rojos, y así, me miraban fijamente. Me quedé de pie repasando si había respondido en inglés, español, francés o turco y que tal vez por esa razón no me habían entendido. Luego me acordé que no hablaba ni francés ni turco y que podía todavía pronunciar la última palabra de mi dialogo en inglés. Así que sí, efectivamente, había dicho lo que tenía que decir y bien. Pero no reaccionaban. ¿De dónde eres? - me preguntó finalmente un tipo pariente de Santa Claus y que resultó ser uno de los jefazos. Yo le expliqué de dónde era. Varias caras expresaron cierto alivio: yo era un pobre diablo del tercer mundo y por eso ahora se entendía con claridad mi falta de reporte. Alrededor de siete de los miembros de la Santa Inquisición que me juzgaba declararon: Yo conozco ese lugar. Es muy bonito. Fui con (nombre de la esposa/esposo, amante, amigo/a, etc.) en (año). Esto alivió un poco la tensión y me dió oportunidad de explicar que el hecho de que a) ese lugar (mi lugar) se localizaba a unas varias decenas de miles de kilometros del majestuoso hotel en que nos reuníamos hoy en día, y b) que apenas tenía yo ochenta y siete minutos entre aterrizaje y jucio sumario, y c) que había sido invitado a la posición cuarenta y ocho horas antes, había dado como resultado mi lacónica falta de un putisimo reporte. Si las miradas mataran, yo habría caído abatido por una mujer de raza Obama de cuarenta y algo de años egresada de CalTech y con un trabajo con el que millones soñarían. Afortunadamente, las balas apenas me rozaron gracias a la intermediación de mi mentor y amigo europeo quien finalmente era el que me había metido en todo este desmadre. No es que a él lo respetaran por ser el superior o igual de todos ellos. Pero pues al menos ya los conocía bien y podía apretar lo necesario para que me dejaran vivir un día más. Explicó en su muy acentuado - por no decir un poco desesperante - inglés las razones de su nueva adquisición (o sea, yo) y cómo todos debían celebrar lo que el asumía era una excelente idea. Sangre nueva, ideas probadas en otras áreas, buenos contactos, etc. Me sentí listo para ser envuelto y etiquetado como el producto más hot del año. Después de su intervención - épica para mi - todo fueron sonrisas, buena comida, pláticas, estrechar manos, más plática, tutorial de vinos caros, fumar puro y hablar como si yo fuera el presidente de mi país. Más adelante, durante otro aspecto de la reunión, me levanté, yo simple mortal con apenas un grado universitario infímo, y expliqué el uso de una nueva herramienta de la organización. Los professors, managers, demás directivos y hasta un par de CEOs de pequeñas start-ups me vieron con curiosidad los diez primeros minutos para luego meterse en el alma de la presentación haciendo preguntas y al final agradeciendo mi aportación. El chico Microsoft junto a mi me presumiría más tarde su tablet PC como si fuéramos compañeros de escuela. Había esquivado el fuego de la hoguera que me condenaría al purgatorio por el resto de mi existencia profesional gracias a un tipo que creyó en mi. Y aprendí que basta con extender tu confianza a una persona para que la gente a tu alrededor la selle por tu ejemplo. Y si hay confianza, hay muchas cosas.

martes, 2 de diciembre de 2008

Lista de deseos 2008

Advertencia: este post contiene altos niveles de egocentrismo, narcisismo y casi todos los otros -ismos, exceptuando el sospechosismo (aquí no declaramos estupideces a la prensa). Tomar dos tabletas de Tafil con Coca-Cola antes de leer. Asimílalo bajo tu propio riesgo. Cada año, desde que escribo un blog, incluyo en Diciembre mi lista de regalos ideales para Navidad. Este 2008 quiero hacerla un poco diferente: no pediré cosas materiales. Por lo tanto, regalarme algo, si es que te nace, no será tan fácil, pero al menos no te costará dinero. Esto nos lleva probablemente a la pregunta de por qué demonios habrías de regalarme algo. Tengo algunas respuestas. Razones por las cuales regalarme algo en Navidad: a) Porque soy terriblemente encantador. b) Porque te ilustré en algún tema oscuro. c) Porque te invité una copa/cerveza/bebida exótica en el momento adecuado. d) Porque te hice reir con un comentario que no esperabas. e) Porque me sinceré contigo y eso te hizo sentir especial. f) Porque llenaste algunos vacíos en ciertos días leyendo mi blog. g) Porque compraste (y lo mejor, leíste) un libro que te recomendé de alguna forma. h) Porque te dejé en paz cuando así lo necesitabas. i) Porque por alguna misteriosa razón (que se alberga junto a la explicación de la materia oscura del universo) te caigo bien. j) Porque tienes mucho dinero y no sabes en qué buena obra invertirlo. ¿Decidido/a? Perfecto. Ahora sí. La lista. 10) Presúmeme algún viaje. Me gusta mucho escuchar historias de lugares y personas ajenas a mi entorno. ¿Visitaste Saigón? ¿Fuiste a un pueblo desconocido a veinte minutos de tu ciudad? ¿Tu vuelo hizo escala no planeada en una isla perdida (y jodida)? No adornes nada, pero detállame cada resquicio de esa aventura. 9) Toma una foto. Soy anti-fotogénico como el que más, pero todos apreciamos tener una buena fotografía de nosotros. Dame razones para querer cambiar la buena única foto decente mía que logró colarse a a la derecha de este blog. Sí, esa donde parece que estoy pensando. 8) Opina (o destroza) lo que escribo. La retroalimentación hace eso: alimenta. Escribe en los comentarios de este blog sobre lo qué te ha gustado y lo qué no durante este esfuerzo. Prometo no hacer bilis y tampoco enamorarme de ti. 7) Preséntame gente inteligente. No en plan romántico/cúpido, aclaro. Muchas veces - o todas las veces - presentamos "amigos" a diestra y siniestra. ¿Qué tal si me presentas a un camarada que pueda pensar en algo más allá de fútbol, sexo y dinero? ¿O una chica que pueda vislumbrar algo más en la vida que ir de shopping, enamorarse de todos los hombres guapos y considerar que la vida solo vale la pena en el antro? 6) Comparte una canción. Escucho de todo. Véndeme a ese compositor o grupo que te vuelven loco (o loca). Soy inofensivo, así que si no me gusta, no vomitaré enfrente de ti. 5) Habla de tu futuro con optimismo. Hoy en día todo el mundo usa el pesimismo como cruz para no agrandarse ante los próximos años. ¿Qué mejor que escuchar que te vale perfectamente madres esta crisis mundial porque a ti te irá muy bien en tu nueva casa, con tus cinco hijos, negocio propio y etcétera? 4) Inspírame. No lo sabes, pero muchas veces dices cosas, miras de alguna manera, haces un gesto, que me llevan a pensar en un tema determinado. Sigue siendo tú, mi amigo o amiga, quien lleve la batuta de la gran mayoría de entradas de Draft 134. 3) Discute conmigo. Dime por qué mis ideas son malas, y por qué la utopía del pensamiento liberal nunca va a progresar. Convénceme entre humo y alcohol y sobre todo, con buenos argumentos. 2) Dame un abrazo sincero. No es que ande necesitado de cariño extra, pero un gesto honesto de este tipo es siempre bienvenido. Eso si, si el abrazo es demasiado apretado te lo cobro. Si tienes dudas de cómo dar un buen abrazo, visita este sitio. 1) Sorpréndeme. Todo lo arriba mencionado se puede combinar, pero el factor sorpresa - sí, ese del que tanto renegaba - será muy apreciado. Y no tienes que esperar hasta Navidad.